Volcán
David Chávez
De los azules que he conocido y que no nombraré por apellidos ni por títulos
nobiliarios, al que más encuentro convincente es al azul del cielo del Bajío. A pesar de que
existen muchas explicaciones científicas que privan del placer de observar y que nos explican
cómo es que se da el fenómeno de los colores, estos se manifiestan al ojo que, despistado la
mayor parte del tiempo, gira y queda en posición exacta para apreciarlos.
Al menos en un día despejado, en el lugar donde nací, pueden contemplarse dos cosas: la
intensidad de la luz y los volcanes. Si las nubes cubren el sol y existe el soplo de aire
correcto pueden apreciarse caprichosas figuras y tonos que matizan el techo de esta parte del
mundo. Sin embargo, debido a que a 60 kilómetros está la costa, el volumen de las nubes no
siempre es igual y es rara la ocasión en que estas cuentan con la velocidad, el volumen y la
altura para contemplarlas por largo rato.
Desgraciada o afortunadamente es posible obtener distintas sensaciones y estados de ánimo si uno
camina por la ciudad, por la zona conurbada, y se deja llevar por los tonos de luz. Entonces uno
puede ver las cosas segun caigan los rayos de sol y dependiendo de a donde se mire.
Personas,
animales, plantas, autos y hasta uno mismo se perciben de distinta forma y uno reacciona asegún.
Un dia nublado invita a salir, a sentarse fuera de casa y seguir los cambios y variantes de luz,
fumando, tomando agua de guanábana o tamarindo con dos o tres cubos de hielo en un vaso de barro,
y platicar de todo y nada, de la luz, las nubes, los planes en la vida o cualquier otra cosa,
incluso se pueden mirar los carros al pasar.
En un día soleado, en cambio, el calor incrementa la acción entre moléculas y entonces el cuerpo,
formado por ellas, siente esas ganas de moverse para evitar la resolana, el resplandor y el calor,
según unos, infernal. Las cosas cambian y puede encontrarse una sombra bajo una parota y una
banca debajo de ella en la cual sentarse y ver pasar las nubes descuerpadas, observar de qué
color es el cielo y ver ese azul, ver el verde de las hojas, el negro de los pájaros que pasan
volando, los colores de la ropa de las personas, de los autos; imaginar que uno está pegado por
los pies al suelo y quién sabe cuando vayamos a caer al espacio. Haciendo esto uno puede aprender
a sudar: todo es cuestión de entender que es lo que suda y por qué, luego hay que identificar una
corriente ligera de aire, una brisa, y refrescarse.
La mejor hora para ver la segunda cosa, los volcanes, en particular el de fuego, es por la mañana.
Después del amanecer, con el fresco, un azul tirándole a morado da la bienvenida a la vista.
Conforme las malditas nubes -porque por aquellos rumbos andan muchas- se van, los tonos varían y
el azul adquiere forma. Si se amanece de buena suerte, sin nubes y con un poco de viento, el
volcán y el cielo inician la disputa por el color: una escala de grises invade al coloso y la
perspectiva aparece. A medida que la claridad hace presa al volcán este comienza a alejarse de
nosotros.
La montaña palidece, suda sus colores. Acaso emitirá una que otra fumarola. Hay quien dice que
sopla para alejar a las nubes. Entonces se despereza, se quita las lagañas y empieza a
desvestirse. Muda su ropa y se viste de un gris azuloso. Aunque al inicio aclaré que no me
metería con los apellidos del azul, vale la pena presentar a los familiares del gris: aparece un
tono metálico sucio, arenoso; conforme avanza el día, la ropa del coloso de fuego se oscurece.
Para las tres o cuatro de la tarde ya muestra su ropa de trabajo: un overol de mezclilla
deslavado y grasiento, mohoso.
Cuando ha terminado de ofrecer su show, desaparece por unos momentos, se baña, lava su rostro y
busca sus trapitos domingueros que se pone todos los dias. Está decidiendo si se viste con el
traje café terracota, la camisa tinta, la playera pastosa, o si ponerse serio, de traje negro
noche y corbata rojo magma. A las ocho de la noche se va de parranda con su vecino, otro volcán
mayor que él, más alto. Hay quien dice que en ocasiones los acompaña otro de sus amigos, el
Everman, que tiene que mojarse los pies para ir con ellos a visitar a don Goyo y a intentar
despertar a la mujer dormida. Yo, que soy caza volcanes y fotógrafo particular de éste, no los
he visto porque después de las 11 de la noche está oscuro y por estos rumbos,
con la noche encima, es difícil ver volcanes caminando.
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